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domingo, junio 11

MAS INMORTAL QUE EL FULBO

Acá abajo, a la derecha, dentro del óvalo rojo, el Carpincho inmortal en Alemania 2006.

El viernes 9 de junio pasado, entre los sobrios y manidos fastos de la ceremonia inaugural para el Mundial 2006, desfilaron delegaciones con integrantes de todos los equipos que habían logrado la copa. La más numerosa fue la penta de los bazucas, con Pelé incluido, Riveliño gordo como una marsopa, uno en silla de ruedas levantando los brazos, Carlos Alberto y varios más. La más piojosa, la más esmirriada, la de los yorugas, apenas dos veces campeones, en 1930 y 1950, con unos poquitos ex jugadores sobrevivientes.

Pero uno de ellos, ya al borde de los 80 años, era Alcide Ghiggia, (a) Carpincho, el carbonero N° 7 de los celestes, el del zapatazo como no habrá otro igual, no habrá ninguno, que se le coló al negro Barboza por donde todavía está tratando de averiguar y que a 56 años, más de medio siglo de entonces, se pudo haberlos pasado pateando que no le va a salir otro igual.

Alcide (no Alcides, porque hasta para eso era flaco y esmirriado, como dando pena) fue el que puso el 2 a 1. El fue el autor del Maracanazo, jornada sin igual del fútbol, donde los puntos se vuelven banca, donde los David vencen a los Goliath.

La carrada de dólares, sobre todo en publicidad de los Ronaldiño, Beckham & Co. les impidió sobre todo a los jóvenes del estadio y a los millones de todo el mundo que miraban por televisión que ya viejito, un poco más gordo apenas, cosa de rellenar un traje de confección que le chingaba por todos lados, iba una de las grandes glorias para que el fútbol sea lo que es y no otras cosas.

No por cuestiones de edad, sino de idiosincracia, el charrúa fue al paso lento, solito, seguido por los fantasmas de Obdulio Varela, Roque Máspoli, Schiaffino & Co., mirando con gesto taciturno todo, la majestuosidad de semejante arquitectura, seguramente, que deja a la altura de un poroto a un gigante como aquel Maracaná que él supo enmudecer como ninguno.

Posiblemente que él sospeche que es la última vez que puede ver con ojos propios algo así, que ya no verá otros estadios rugientes porque él pasó a la historia por hacerlos callar para la veneración religiosa.

Gracias, Carpincho. Perdone a tanto ignorante y olvidadizo. Vivimos al día y hasta nos hemos olvidado que somos historia y que los futboleros del mundo, aunque no seamos yorugas, algo circunstancial y anecdótico, si se quiere, vamos a tener siempre a aquella jornada de 1950 como un hito.

Gracias por su grandeza. Pero sobre todo por su modestia.