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viernes, septiembre 22

EL PAIS DE LA MEMORIA DEMASIADO VOLATIL

Si te hubiera agarrado Lombroso...

UN COMI QUE LLEVABA LAS COSAS A FONDO


Hace poquitos días, un tribunal bonaerense condenó a cadena perpetua al ex brazo derecho de Ramón Camps, el comisario general Miguel Etchecolatz. Como es lógico le recordaron cuanta aberración cometida y encima se encuentra desaparecido un testigo que fue fundamental para el fallo, pero pasó totalmente desapercibido un hecho que para la gran mayoría es insignificancia, chiquitaje, bijouterie y que nosotros no lo consideramos así.


El 12 de julio de 1988 se produjo la muerte de la menor Jimena Hernández, en un natatorio bien lleno de agua podrida, perteneciente a un colegio religioso ubicado frente a Plaza Irlanda y prácticamente también frente al Policlínico Bancario. Al poco tiempo el hecho alcanzó resonancias inusitadas, planes funambulescos, narcotráfico, el gobierto, sobre todo la Cotinadora que regenteaba Nosiglia, complots internacionales, manchas en la malla que para el laboratorio de la Policía Federal era semen del violador que luego la había asesinado y que para sus pares norteamericanos eran algas típicas del agua poco menos que del Riachuelo tenía la pileta, a la que no cambiaban desde hacía no hace poco tiempo, con el agregado que la sensibilidad de una legisladora peronista hizo que el análisis remitido a USA fuera pagado con fondos públicos al divino dope, porque en uno de Bernal o La Lucila, pero serio, hubieran llegado a la misma conclusión y mucho más barato.

El Caso Jimena aún no se aclaró. Y si no fue homicidio, con o sin violaciones anales, tampoco se va a aclarar jamás. Los delitos no existentes no tienen autores. Y en su momento asuntos que también parecieron del chiquitaje no se ventilaron porque el que no craneaba una conspiración universal, como mínimo, nada tenía validez. Las conspiraciones nunca se comprobaron, nunca se comprobarán porque sencillamente no existieron, y los chiquitajes siguen allí, lo más chotos, significativos, mostrando la trama de un país cuesta abajo en la rodada como el chancho en la bajada.

Volvamos a nuestro héroe del horror. Entre la cantidad industrial de boludeces que se publicaron, dijeron, corrieron y demás, los siempre bien informados, tirando caca con ventilador contra el gobierno del Alfonsín que después de Semana Santa le pegaban hasta los boys scout, entró a circular una que afirmaba sin dudas que el hijo seminarista de un colaborador estrecho y cercano del primer magistrado era el puerquito que la sometía a sus bajos instintos (algún día alguien se tomará el trabajo de decir cuáles son los altos y dónde quedan) y le había matado. Las cosas por su nombre: los cañones le apuntaban a José Ignacio López, (a) Nacho, vocero presidencial durante toda la gestión radical, periodista de larga trayectoria y de muy conocida y activa relación con la Iglesia.

La versión, para el puterío, era tentadora. Redondita. Pero ofrecía el inconveniente que el aludido, primero, no tenía hijos varones y, segundo, por añadidura, jamás podían ser ni seminaristas ni marcadores de punta derecho de la tercera de Defensores de Cambaceres.

Pero a fuer de ser sinceros, la bola corrió como loco y prendió.

Cómo habrá sido que un buen día, el almidonado matutino de los Mitre, La Nación, con la jefatura de redacción de Carlos Escribano, y con una siempre famosa sección Carta de los Lectores, donde para ser publicado, si es que merece interés el asunto, hay que hacer una cola de tres años mínimo, se despacha en 72 horas con una que llevaba la firma nada menos que del comisario general de marras, don Miguel Etchecolatz. El sabueso ladraba y babeaba contra el gobierno por razones obvias, tan defensor de los derechos humanos, y que en sus filas, en sus entrañas mismas, tenía a un depravado con un hijo aspirante a clérigo al que le gustaban las nenitas y las mataba, cubierto por el manto de impunidad que da el sillón de Rivadavia.

Era La Nación. Estábamos, decían, en un Estado de Derecho. A un juez, no el del caso Jimena, se le dio por citar al firmante de la misiva, quien como todo hombre y ciudadano que se precie de tal se presentó para declarar lo que sabía y de dónde lo había sacado. Etchecolatz no tuvo pelos en la lengua: se lo había contado un tachero un día que salía de Tribunales, en una de las tantas presentaciones que había tenido que hacer, y que tenía llegada a ciertas informaciones confidenciales del gobierno, según le dijo, aunque por modestia no le confesó quiénes ni de qué tipo. Como es fácil suponer, salvo el techo amarillo y el resto negro, no se acordaba la marca del taxi, menos que menos la chapa, del chofer que tenía dos ojos y nariz.

Eso fue todo. Hicieron el acta. La firmaron. El torturador se fue con la conciencia del deber cumplido y a la gente, con el Cuarto Poder y la administración de justicia independiente y la mar en coche a la cabeza, le volvieron a meter el dedo en el tugets. La irrresponsabilidad, para decir lo menos, de Etchecolatz, el grado de cinismo para escribir esa carta, mejor ni hablar de La Nación publicando un libelo barato de un delincuente contra la humanidad haciendo cargos contra un funcionario que trabajaba al lado del que en ese momento era el presidente de la república, que estaría haciendo cagada y media y todo lo que se quiera, pero era el presidente, no podía quedar así en medio de la conmoción pública por un caso muy rarito, muy rarito, donde estaba de por medio la vida de una menor y encima la versión no confirmada de violaciones reiteradas por el ano.

Los militantes de los derechos humanos y las víctimas festejaron con lógica razón la un tanto atrasada hechura de justicia con esta tardía cadena perpetua. Demasiado atrasada, para nuestro gusto. Porque con el atraso como que es menos perpetua que si la hubieran dictado en su momento. Pero un país que permite a comisarios generales levantar alcagüeterías de tacheros a los que no puede identificar y responsabilizan a quienes ejercen los más altos cargos políticos en la conducción del mismo, puede que se parezca a un país, pero strictu sensu no lo es.

El resumen es que Etchecolatz está donde tuvo que estar siempre y el Caso Jimena todavía da vuelta con varios tomos de chiquitaje del país que parece un país pero no lo es.

Y hay varios comisarios más en esto.