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lunes, octubre 13

LA OPERETA "TRAVIATA"

Un poco antes del Puente 12, la puja por los carteles y las fotos, más la entrada en acción de Osinde & Co.

El glamoso éxito editorial de Operación Traviata (Sudamericana, 2008), el tercer libro del entrerriano Ceferino Reato, actualmente en la Editorial Perfil, acerca de la reconstrucción del asesinato de José Ignacio Rucci en 1973, secretario general de la CGT, brazo derecho de Perón y sostenedor del paraguas cuando el descenso del famoso avión, ofrece algunas aristas por lo menos curiosas. Dejando de lado que es bastante improbable encontrar casualidades en el peronismo y que ahora la voz de ¡aura! la dio Hugo Moyano, el actual sucesor en el cargo que ostentó Rucci, las pegatinas de todo tipo en la ciudad, las estruendosas declaraciones de Hebe de Bonafini, un afiche en negro y rojo acusando a Hugo Curto, un sindicalista gordito ortodoxo abonado a la intendencia de Tres de Febrero y temporariamente jugando para Los K, donde lo acusan de haber sido el entregador de su compañero y la firma del afiche corre por cuenta de una repentina Agrupación John W. Cooke, intenciones personales y editoriales aparte, el último libro del autor de Lula, la izquierda del diván se empecina en no ser un hecho aislado.

Un flaco favor le hicieron la entrada en escena de la tourneé televisiva de los hijos de José Ignacio Rucci, donde Celina, la menor, ha elegido como carrera actoral e incluso administra una sala en el Morón de Juan Carlos Rousselot con subsidios oficiales. Pero el menos feliz de todos fue el hermano mayor, que tenía 15 años cuando sucedió el hecho, y afirmó frente a más de una cámara que ellos, los deudos, se presentaron "ante la Justicia" (sic) cada vez que supieron algo nuevo, así que del mismo modo que lo hicieron cuando se dijo que habían sido las Tres A (sic), ahora lo volvían a hacer, al enterarse que habían sido los Montoneros (sic).

O la gorda es muy adiposa o el corsé es muy chico. Los hijos del sindicalista acribillado en setiembre del 73 no pudieron ignorar bajo ningún de vista, sobre todo el adolescente, que ni bien sucedió el hecho y a las pocas horas se echó a correr el macabro chiste que a Rucci le decían Traviatta porque tenía 23 agujeritos como la galletita de agua del spot televisivo, que por lo menos en los correveydile a gritos habían sido los muchachos del Comandante Pepe. Simplemente había que ser sordo.

Para colmo, trece años después, en la misma editorial que ahora trabaja Rearto y que tiene el archivo informatizado, con el mismo sello editorial que ahora le publica este nuevo trabajo exclusivo de investigación, trabajaba Eugenio Méndez y se publicó Confesiones de un montonero. Sobre el autor corrían no innumerables versiones, sino una sola: sus estrechas relaciones con la SIDE. Ya había publicado ¿Quién mató al general Actis?, por el militar que primariaente presidió el EAM 78, obstaculizando algunos planes ambiciosos, y no hubo mirada que no enfocara para el lado de la dupla Massera-Lacoste y el evidente padrinazgo, aunque fuese sentimental, de los muchachos del Ejército.

En el volumen elaborado sobre las presuntas y voluntarias confesiones de un quebrado, tan mal escrito como plagado de citas documentales de información periodística y causas judiciales, entre las que están las actuaciones judiciales, Méndez tuvo la original idea de titular a un capítulo Operación Traviata, que casualmente le endilga a la Columna Norte de Montoneros la operación, al poeta Francisco Paco Urondo la jefatura política y entre sus integrantes, no los ejecutores del hecho, la presencia de José Dante Gullo, actual diputado K. Ahora lo más curioso es que el sello editorial de este libro fechado en 1986 es Sudamericana-Planeta, con lo cual el primogénito del sindicalista ultraleal a Perón no puede argüir tan suelto de cuerpo que se enteró por el trabajo de Rearto, publicado por una editorial al menos homónima, quiénes habían estado detrás y quiénes habían ejecutado el hecho.
Otro tanto ya había ocurrido, en esa misma dupla editorial, cuando por esos años, editaron La soberbia armada, de Pablo Giusani, aunque sin tantos detalles, pero no dejando lugar a dudas de dónde había partido la idea y quiénes habían sido los ejecutores. Otro tanto, menos detallado, aparece en El presidente que no fue, del ahora diputado Bonasso, y apuntado al pasar en los tres tomos de La voluntad de la dupla Caparrós-Anguita.

Seguramente por el apuro que siempre hay en la tevé, donde no dejan hablar a nadie y se superponen todos, no pudo contar lo de la indemnización que cobraron con su hermana gracias al corazón solidario de otro compañero peronista, El Chango de Anillaco, y la firma de su entonces ministro del Interior, el compañero Carlos Vladimiro Corach, también compañero, más conocido como El Hombre de la Servilleta. En este caso el argumento fue que el atentado había corrido por cuenta y cargo de otra organización conducida por otro cumpa, en este caso El Brujo López Rega, y que tuvo cierta destacada actuación en dar de baja y espantar para otros lares a compatriotas varios bajo el sello de las Tres A. El fondo fue de 500 mil pesos y Rearto, en el volumen mencionado, hace una conversión a 250 mil dólares. Está bien. Total, Carlitos, cuya primera campaña presidencial fue financiada en parte con dólares del secuestro de Bunge & Born, magnánimo como un Dios de entrecasa, iba a indultar a milicos y guerrilla.
La calesita sigue yirando.

Si se quiere tomar como una curiosidad o una perlita corre por cuenta de cada uno, pero en ese expediente los hijos del dirigente sindical peronista victimizado por sus compañeros, a derecha o a izquierda, según desde donde se mire, como convenga y a cargo de quién lo hace, caracterizan a la siniestra banda en la que militaron los comisarios Morales y Almirón, entre otros, como organización paramilitar (sic) y así poder estar encuadrados entre los considerandos de la medida emitida a principios de los '90. ¿No habrán querido decir organización parapolicial y hubo un error de tipeo?

En cualquiera de los dos casos, ya en 1986, se hubiera podido encuadrar el hecho y tantos otros cometidos por las Tres A y los Montoneros, como se pretende ahora, dentro de los considerandos del delito de lesa humanidad, sobre todo bajo la férula de la primera organizaciones nombradas porque con un uniforme u otro eran carne y uña de las llamadas Fuerzas de Seguridad del Estado. Sea como sea, se caratule como se caratule, en todas sus variantes estas discrepancias sangrientas y sus presuntas reparaciones siempre corren por cuenta de los fondos públicos.