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miércoles, abril 22

Y ENCIMA GRUPIS DEL CLIENTELISMO

Ministro Aníbal Fernández: toda la administración del aparato judicial, la seguridad y los derechos humanos en sus manos. Acorde a la concentración capitalista y al unitarismo del gobierno que representa.
CUAN ANTIMONOPOLISTAS QUE SEMOS

El domingo último, antes, durante y después del superclásico jugado en La Bombonera, las dos barras, por segunda vez en su historia, compartieron un sentido ideal. El primero fue en la primavera de 1968, en el mismo estadio, cuando se unieron en el mismo cantito para responsabilizar a la Federal de la masacre de la Puerta 12 (ver bitácora sobre el particular). Pero ahora, como todo hecho por la misma mano y la misma imprenta con tecnología de puntas, las dos lucían mononos cartelitos contra oligopolio multimediático Clarín y el unicato reinante en la televisación del fútbol.

Curiosamente, en unas vísperas electorales enrarecidas, en una república por primero exhibiendo la universal novedad de una presidencia de dos plazas, el kitchnerismo la ha emprendido con una bolsa húmeda contra todo lo que sea periodismo y particularmente el poco noble matutino fundado por el socialista converso Roberto Noble, que supo pegarse al conservadorismo popular bonaerense mucho antes que el peronismo.

El ex intendente de Quilmes y como no podía ser de otra manera, en su momento dirigente del club cervecero, el ex contador de la Rigolleau de Berazategui y abogado Aníbal Fernández, conocido amigablemente como El Kaníbal, mediáticamente la arremetió hace poco contra la violencia futbolera para así obtener los resultados que tan brillantemente se han obtenido. Esto es, tratar de aplicar el derecho de admisión previstos en los estatutos de la AFA desde 1936. Pero que ha gracias a tanto éxito habían llegado al grado de subsecretaría de Estado y con Fernández al escalón del superministerio que administra mucho mejor todavía, sobre todo para las iras de la oposición, que peligrosamente echa salmuera sin parar en una de las heridas más urticantes de la pequeño burgesía nacional y popular, siempre pasto y baso de cuanta fachistonada ha habido, bajo el rubro seguridad, ya en los días previos se encargó de parar con emisarios la salida provisoria de chirona de Rafael Di Zeo, (a) El Rafa, monarca heredero de La 12 con licencia temporaria, y que Mauro Martín, aparentemente su reemplazante -hasta que los fierros no digan los contrario- retirara un recurso leguleyo para eximirse del cedazo y ver colgando del algún trapo el partido como se debe.

Ambas operaciones fueron todo un éxito. Después, el día del partido, 1500 efectivos uniformados completaron la muestra de civilidad de la guerra siempre latente que el fútbol vanamente representa e intenta inútilmente alertar, cuando este año, otra vez en el interior, se tragó a otro referí. Ahora fue en Corrientes y a piña limpia; el primero fue en La Carlota, Córdoba, en 1972 y a las patadas. Los dos por el mismo motivo: la discutida distancia reglamentaria de la pelota a la barrera que acá tan pitucamente se evita con un tarrito de aerosol para hacer las marcas respectivas. A un juez cada casi medio siglo no es para alamarse tanto, después de todo, ¿no?

Según versiones, a 100 mil pesos por barra (entre 25 y 30 mil dólares), los muchachos que no se pueden ni ver y no pierden ocasión de afirmar que el otro no existe y de empapelar Buenos Aires según el resultado con cargadas que cuestan un fangote de guita, empezando por el diseño ultraprofesional de los cartelones, aceptaron esta nueva variante de publicidad estática en canchas donde todavía queda un pedacito de verde sin esponsorear y ver si se puede jugar algo parecido al fútbol, meneando para la plebe televisiva de todo el país la supuesta conciencia política popular contra lo que simpre fue "un toque de atención para los argentinos".

Que el 99% de los barras son peronistas es como decir que el sol sale todos los días, por el este, a la mañana temprano. Para los que todavía usan el peligroso ejercicio de ejercitar la memoria, todavía está fresco el día que El Abuelo Barritta, en el centro de la cancha, le entrega al cumpa Antonio Cafiero, (a) Cafierito para el general, en 1987, una placa de bronce recordatoria por haberle ganado a los radichetas de Alfonsín la gobernación de Buenos Aires, algo que magníficamente vienen haciendo desde entonces sin todavía haberla conseguido fundir.

Lo que los esbirros de La Abeja Africana fueron incapaces de averiguar es si el polifuncional de El Tula, quien hasta se tiró el lance de ponerse a la vista en los funerales del último caudillo radical, a ver si alguno se ponía con algunas chauchas para tocarle un sentido y primitivo tamtam, total todo el mundo sabe que la guita no tiene ideología ni religión, matizó o no con el sonido primate este nuevo e inédito abrazo entre la política en el poder y el fútbol, algo que naturalmente se da y que perversamente niega todo el mundo, empezando por los salames de las ciencias sociales. El Tula ya había estado en Mar del Plata, cuando el ultradócil menemista Daniel Scioli y su hermano organizaron toda la faramalla de final de la Copa Davis, a pura pérdida, y encima se la llevaron los gallegos. El y sus muchachos estuvieron en el sector de 8 mil pesos la entrada por barba, tal como los mostró especialmente la tevé.

La espectaculización de lo social y la desaparición de la realidad concreta, reemplazada por la virtual, advertido ya por lúcidos pensadores varias décadas ha en Europa, contra todas nuestras veleidades de originalidad y de ser únicos en el mundo, acá también se da. Lástima que sea en forma tan patética, hasta rastrera, si se quiere.