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viernes, marzo 9

ESCRIBAS, AMAOS LOS UNOS SOBRE LOS OTROS


Proselitismo, literatura y anarquía
por Carlos Penelas

Nuestros escritores contemporáneos – pálidos en su gran mayoría, grises y por lo general opacos – viven envueltos en tristes refriegas por premios, visitando bufetes de abogados por plagios o intervenciones. Alejados del buen narrar o de la alta poesía son aburridos, torpes, sin imaginación. Como la sociedad los acompaña el viaje es siempre el mismo: el largo y tedioso camino del purgatorio.

Siempre recomiendo la lectura de London o de Stevenson. O el teatro de uno de los clásicos del siglo XX, descubriendo una concatenación de efectos que en verdad son causas y de causas que en realidad son efectos, cuya obra es un socavamiento del discurso del Poder: Tennessee Williams . Cualquiera de ellos pone el instinto en una escritura que se encuentra suspendida en la línea, donde hallamos una suerte de ética nihilista, desplegando una mirada abarcadora, manifestándonos desde lo literario (como el Dr. Kinsey lo hizo desde la sexualidad) la problematización de lo normal y de lo anormal, textos que tranquilizan e inquietan simultáneamente al lector. Nos enseñan las percepciones conscientes o inconscientes de los protagonistas, escritores conmovedores y trágicos de la literatura mundial.

Ellos, como tantos otros creadores, nos señalan asimismo los mecanismos de alienación, los rituales, las identidades fosilizadas, estereotipadas. Se me dirá: los problemas actuales no son equiparables a los de hace cuarenta años y mucho menos a los clásicos. Y peor aún a la literatura o la mirada creadora, llámese escultura, pintura o música. Es verdad, de manera parcial, amigo leedor. Si bien la vida política de nuestros días esta atrapada sin salida en conceptos vacíos, en irracionalidades o miradas ciegas. Y además consumimos imágenes, palabras y mensajes, eso no necesariamente significa que no veamos o intentemos interpretar desde lo artístico lo social y viceversa. Tarea para el hogar o la butaca. Después me escribe a mi correo electrónico y lo discutimos con más libertad. Tome nota para ver en las próximas cuarenta y ocho horas: El laberinto del fauno de Guillermo del Toro (España/México, 2006), La noche del señor Lazarescu de Cristi Puiu (Rumania, 2006) y El arco de Kim Ki-Duk (Corea del Sur/Japón, 2006).
Aquí, entre nosotros, está en duda los controles sobre el financiamiento de las campañas políticas. Y se multiplican los interrogantes en torno a las reglas de juego, los sellos de goma, las internas abiertas y los partidos intervenidos. Se habla del efecto cascada, de elecciones desdobladas, de la seguridad, de las cloacas, de los hospitales, de la calidad de la democracia.


Aquí se habla que 60.000 presos podrán votar en octubre. Nadie piensa con seriedad en los problemas de fondo. La industria minera depredó una montaña en China. Para no reforestarla el gobierno decidió pintarla de verde. Es una maravilla. Si a Breton se le hubiera ocurrido lo tildaban de inmediato de comunista, homosexual y drogadicto. Ahora se discute si está bien o mal los celulares en las aulas. Aquí y en Europa. Menos mal que el gobierno de los Estados Unidos piensa en nosotros, vela por nosotros. Enviará en breve alrededor de 100.000 criminales a luchar a Irak. No es una mala idea. Uno se siente más tranquilo, más protegido. Ante el terrorismo los países de la UE convertirán en ley una directiva consistente en que las compañías controlarán el uso de Internet y el teléfono. En Alemania y Holanda las leyes serían en principio más allá de lo que requiere la Unión Europea.

El diagnóstico de los científicos sobre lo que se avecina es sombrío, más que una película de Bellochio. Por un lado tenemos las armas nucleares, por otro el brutal deterioro del equilibrio ambiental. Sin caer en el fatalismo nos preguntamos que pasará en los próximos diez años. Se pide colaboración a los países más avanzados para que respondan. Es curioso, ellos desataron este caos, fueron los que generaron estas delicias. Las naciones centrales son las responsables de esta mirada apocalíptica. No los anarquistas, caro lector. Ellos no forman para del Consejo de Seguridad de la ONU, ni del descrédito de las Naciones Unidas ni del estremecedor pronunciamiento de los hombres de ciencia reunidos hace muy poco tiempo en París. Ni los anarquistas ni los pobres diablos que duermen en las calles del mundo, en las alcantarillas del mundo.


Que quede claro.